Nini se olvida de todo, pero siempre se acuerda de mí.
Nini es mi Nini.
Cualquier intento por ocupar su lugar en mi vida sería inútil, y nadie podría reemplazarme en la suya.
Es verdad, no tendremos el mismo apellido, pero mis viejos son sus viejos, me regaló su hermano y su casa es mi casa.
Con Nini no hay secretos, no hay ni mitos, ni mentiras. Aprendimos que los ojos hablan mejor que las palabras.
Dicen que Nini es fría, pero de poco le enseñé a nunca negar un abrazo. O por lo menos a nunca negarme un abrazo.
Nini no se le calla a nadie, tiene el discurso fijo y las convicciones prendidas a la piel. No tiene problemas, ni le tiemblan los labios a la hora de decir sus verdades irrevocables.
Nini tiene la frente bien alta, ningún hombre podría hacerle derramar lágrimas (solo uno), no la tiene nadie que no la merezca.
Le gusta la cumbia y los brindis como a pocas. Nini nunca le dice que no a un vaso de sidra, me lo demostró el otro día.
Nini desaparece de vez en cuando, pero no nos preocupa, siempre vuelve, con la misma sonrisa, con un caminar tan suyo y con las ganas de nada y las ganas de todo.
Nini es morocha y hermosa en todo sentido. A Nini le cuesta pasar desapercibida.
Yo tengo una hermana siamesa que se me parece muy poco, es ese pedazo de mí que me es ajeno, mi otra costilla y mi mejor mitad.
Si alguna vez me amputasen ese pedazo dejaría de ser yo.
La vida, la casualidad, o un barrio me regalaron otro corazón.
Tengo suerte.
Tuvimos suerte.
Tuvimos suerte.
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